sábado, 7 de enero de 2017

La bicicleta. Reflexiones de Mr. Jau.

La bicicleta… ese amasijo de hierros entrañable, ese sillín incómodo donde nos clavamos el culo… ese artículo que me comprometí a escribir para Sylvia, mi amiga de Facebook que vive en Madrid…

Recuerdo perfectamente cuando conocí a Sylvia… era una mañana de Abril, los rayos de sol entraban directamente por la claraboya del techo de mi puesto de trabajo y se reflejaban altaneros en mi coronilla. Si, esa coronilla que negué durante tantos años, esa coronilla que aún hoy me traumatiza cuando alguien, a traición, me saca una foto estando de espaldas. Todavía me cuesta creer que mi antaño orgullosa melena adolescente haya desaparecido. Nada tiene sentido desde entonces, ando por la calle con la cabeza despoblada, como si me hubiera atropellado una segadora, como si los Dioses griegos hubiesen utilizado mi cabeza a modo de margarita deshojable en sus sempiternos juegos amorosos. Pero… ¿porqué estoy hablando de esto? ¡Ah… si, claro!… el artículo sobre la bicicleta… ¿porqué demonios quería esta chica que yo escribiera un artículo sobre bicicletas? Ah, espera... creo que ya recuerdo vagamente… se trataba de una colaboración para una revista que por el título imagino que sería sobre viajes, política, arqueología, o algo así… “El ciudadano del desierto”. Yo no sabía sobre qué escribir el artículo y Sylvia me sugirió que hablara de las bicicletas. A mi me pareció bien, porqué conozco un poco el tema. De hecho de vez en cuando suelo utilizar ese tipo de vehículo para desplazarme por mi ciudad, Barcelona.

¿He comentado ya que me bautizaron en la catedral de Barcelona? creo que no. Me gusta recalcarlo siempre que conozco a alguien, porqué hoy día solamente la aristocracia tiene ese privilegio, y creo que ayuda a la gente a entender el porqué de mi brillo especial. Y no, esta vez no hablo de mi calva. 

Pero bueno, volvamos al tema que nos ocupaba:
La primera vez que fui de verdad en bicicleta yo tendría unos ocho años y medio. Estábamos de vacaciones en casa de unos amigos en un pueblo del Pirineo junto a mi familia, que entonces estaba conformada por mi madre, mi padre adoptivo, mi hermano pequeño y yo. Hasta entonces había subido a alguna bici con rueditas a los lados o, de más peque, a un triciclo. También tenía un bólido de carreras a pedales, pero esa ya es otra historia. La cuestión es que en casa de esos amigos había unos niños que me enseñaron a mantener el equilibrio y a lanzarme con la bici por una pendiente, primero sin pedalear y luego ya pedaleando. Ah… ¡qué mágica sensación de libertad la primera vez que descubres que puedes domar a esa bestia metálica con ruedas! jamás la olvidaré… por eso el ciclismo es uno de los pocos deportes que me parecen divertidos de practicar. 

No tardé mucho en tener mi propia bici, pero fue por poco tiempo, ya que un día, comprando chuches en una tienda, dejé a mi hermano pequeño, Raimond, al cargo de mi bici y un imbécil se la robó. Pasé horas dando vueltas por la ciudad buscando al ladrón, montado en la mini bici de mi hermano como un gilipollas, pero jamás volví a verla. Me enfadé mucho con Raimond, y hoy día lo lamento, porqué el pobre no tenía la culpa, ya que con 5 o 6 años que tendría, poca cosa podría haber hecho contra ese horrible matón de dos por dos metros que describió cuando le pregunté quién había sido.

Actualmente, por suerte, tengo una estupenda bicicleta plegable Brompton, y también estoy subscrito al servicio “Bicing”, del ayuntamiento, que es una especie de tarifa plana que por unos 50 euros al año te da derecho a usar unas bicicletas que pueden encontrarse por casi toda la ciudad. Al ser socio te hacen entrega de una tarjeta mágica que sirve para desanclar las bicis de sus correspondientes aparcamientos. No sé si en Madrid tienen un servicio parecido pero imagino que si, porqué sé que en París y en Londres existe algo similar y ya se sabe que Madrid siempre va a la cabeza de cualquier avance tecnológico mundial, o eso imagino siendo como es una capital importante, aunque no tenga mar, ni puerto, pero si puerta. De Alcalá, claro, que menuda lata nos han venido dando Ana Belén y Víctor Manuel con eso en las últimas décadas...

Sigamos con las bicis. Mis sensaciones a la hora de utilizar el servicio de “Bicing” son dispares. Suelo utilizarlo de noche, cuando termino de dibujar y preparar mis chorradillas en un estudio que tengo alquilado junto a unos amigos, en la zona alta de Barcelona. ¿Porqué en la zona alta?, os preguntaréis… pues porqué otra cosa no, pero nosotros somos muy señores.
Lo malo de ser zona alta, es que veces es difícil localizar una bici disponible, ya que todo el mundo las utiliza para bajar y casi nadie para subir, como sería mi caso habitualmente.

Nunca he tenido graves incidentes viajando en Bicing, excepto un día que llovía y la bici patinó y me caí de bruces. Aquí me estoy reprimiendo para no hacer un chiste con Bruces Pringsteen, pero bueno, ya está, ya lo he soltado. Tonterías aparte, solo me raspé un poco las manos y unos jóvenes enamorados me ayudaron a levantarme y seguí mi camino sin más dilatación. Dilación. Otro chiste, perdonadme. 
También recuerdo una ocasión reciente en la que bajaba a gran velocidad por la calle Sepúlveda, y mi gorra salió volando hacia atrás. Por poco me como un camión de la basura por intentar agarrarla al vuelo. Yo no solía llevar gorra pero un amigo al que le da grima ver mi calva me regaló la suya y desde entonces la suelo llevar, sobretodo cuando hace frío. Por suerte tampoco en esta ocasión hubo que lamentar daños.

Otra bonita anécdota que podría contar es que durante unos años trabajé en una empresa de estudios de mercado y en varias ocasiones me tocó hacer encuestas para diversos ayuntamientos. Una de las cosas que puedo deciros es que la gente mayor, los abuelos, están más preocupados por las bicicletas que van por la acera que por los crímenes o robos que pueda haber en las ciudades. Incluso más que por las cacas de perro, su otra gran preocupación social.

En fin, amigos, creo que ya iré abreviando. Si nunca habéis ido en bicicleta os recomiendo fervientemente que os hagáis con una, es una experiencia cósmica, lo más cercano a volar que podréis vivir a ras de suelo. Una vez fui en bici con mi casco de Darth Vader y de verdad que me encantó, me sentí poderoso, viril, y oscuro, claro. Tenéis que probarlo.
Gracias por leerme, espero que a Sylvia y a vosotros os haya gustado mi artículo. Creedme si os digo que le he puesto todo mi entusiasmo y fervor.




Un abrazo, amigos lectores... ¿habrá alguno? y... ¡a pedalear, a pedalear, hasta enterrarlos en el mar!

Jau. 

martes, 29 de diciembre de 2015

En el quinto coño.


Desde que entré en esa extraña apertura dimensional, mi vida ha pasado de ser absurda a ser surrealista. Estoy tratando de adaptarme, pero me cuesta mucho conseguir pasar desapercibido, ya que las diferencias fisiológicas con los habitantes de aquí, me delatan por mucho que intente camuflarme.
Cuando llegué, me rodeó una multitud de humanoides bajitos y jorobados cantando algo parecido a una balada heavy. Más tarde supe que es la forma que tiene esta gente de gritar de pánico. A los pocos minutos, apareció un tipo cabezón montado en una especie de cabra verde que me llevó, de muy malas maneras hasta lo alto de una extraña estructura parecida a una pagoda. No entendía nada de lo que me decían, hasta que con el tiempo me di cuenta de que en realidad hablaban un perfecto castellano, y además, muy educado, incluso diría que un poco repipi y apijado, pero lo hablaban al revés. Uno no piensa que sea capaz de entender a alguien pronunciando las palabras al revés hasta que se ve en la obligación de vivir con ello, de modo que a los pocos días de tenerme retenido en ese lugar, conseguí hablar las primeras palabras en loñapse, (así llamaban a su idioma), y poco a poco me fui ganando sus simpatías. 
Por lo visto, lo de que la gente cayera de otra dimensión en su mundo, no era algo tan extraño, ya les venía pasando de vez en cuando, así que me asignaron a un asistonto social que se encargaría de mi caso. Fue muy amable, se llamaba OttO Nosnoj, y si tengo que describirlo, era un ser de un metro y treinta ceintimetros, (alto, para su especie), calvito, de piel suavemente púrpura, nariz prominente pero perfectamente normal, ojos pequeños cubiertos de unos peculiares anteojos mecánicos, y una sonrisa bobalicona enternecedora. Tenía, como todos los demás, una incipiente joroba, y caminaba semi agachado y dando saltitos de vez en cuando. Vestía elegantemente, o eso deduje, porqué no todo el mundo llevaba su tipo de ropa, y me dio unos cuantos consejos para adaptarme a su mundo. Lamentablemente, el primero de todos, pasaba por encontrar un puesto de trabajo... y en fin, aquí estoy, al final lo encontré. Es un trabajo estúpido, pero por lo visto, alguien tiene que hacerlo. Paso unas seis horas al día pisando las jorobas de la gente. Con el estrés de la vida diaria, a esta gente la joroba les crece, y aunque tener joroba es normal y aceptado, cuando ésta crece más de cierto punto, todo el mundo intenta mantenerla a raya. Por eso existen centros como este en el que encontré trabajo. Sinceramente, no es una maravilla, pero comparado con el que tenía en mi dimensión, me siento bastante realizado, y pagan mucho mejor. No sé cuánto sería al cambio, pero he logrado pagarme un apartamento para mi solo, algo que jamás logré en mi Tierra. 
En fin... No quiero rallaros más. Mañana os cuento cómo sigue la cosa. Un abrazo, si es que todavía tengo lectores. Os quiero.

Jau.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Para escapar



Para escapar de la absurda realidad en la que vivo atrapado, se me ha ocurrido hoy tratar de abrir una brecha en el espacio tiempo siguiendo el ritual que vi utilizar a un malvado en un cómic del Dr. Extraño.   Tal y como imaginaba, el hechizo era real y al instante ha aparecido ante mi una apertura cósmica en forma de gigantesca vagina galáctica y me he lanzado dentro de ella, sin pensármelo dos veces. 
Entonces no sabía todavía que estás cosas hay que hacerlas con precaución. 

lunes, 9 de noviembre de 2015

Moscas en mi corazón.



Facebook me pregunta: ¿Qué te pasa por la cabeza?
Por la cabeza me pasan ahora mismo dos moscas.
Una se llama Eufrasia.
La otra se llama Antonia.
Antonia Johnson.
En sus ratos libres, a Antonia le gusta hacer torres eiffel con caca.
A Eufrasia, en cambio, le gustan los deportes de riesgo, acercarse a los oídos de los humanos y entrar en sus cavidades, (normalmente mientras duermen, tampoco está tan loca).
Eufrasia y Antonia, ahora mismo, son mis mejores amigas.
Me comprenden, me valoran, me preguntan como estoy, y me llaman de vez en cuando para tomar una caña.
Yo no les pido mucho más, y ellas lo saben, pero siempre me tienen preparada alguna sorpresa inesperada que me anima en los días grises.
El otro día, sin ir más lejos, me alegró sobremanera ver que al llegar me habían hecho la cama, habían lavado los platos que me había descuidado en el fregadero al mediodía, y me habían preparado una fideuá deliciosa... que, la verdad, me comí un poco por compromiso, porqué aunque me encanta, a mí el alioli, y más de noche, me sienta como una patada en el estómago. Pero lo que cuenta es la intención, ¿no creéis, amigos?
Gracias, Eufrasia y Antonia, por aportar cada día una chispa de felicidad en mi vida.

viernes, 11 de abril de 2014

Quiero ser millonario


En estos tiempos en que he estado yendo y volviendo entre dimensiones paralelas, he pasado por diversas etapas que nos os he contado, como que participé como actor en un anuncio de TV de detergente Tide, para EEUU, que ha sido un soplo de aire fresco después de tantas tribulaciones. Tribulaciones que, como todo, me han servido para reflexionar sobre una cosa que de hecho ya tenía de sobras aprendida: no me gusta ser pobre. Aunque no me malinterpreteis, tampoco me entusiasma en demasía el dinero. Normalmente me conformo con tener lo justo para sobrevivir y permitirme algún caprichito de vez en cuando. Lo que hacemos en general toda la masa de ciudadanos de tercera o cuarta clase que ya no somos clase media, somos clase medianía. Y vamos, que me he hartado. Ya no quiero ser más tiempo un Miserable, no me gustan los dramas y no los escribo tan bien como Victor Hugo, lo mío es más la comedia. No es que tampoco quiera convertirme en miembro de la clase dominante o de la clase política, Dios me guarde, pero ya toca empezar a acumular fortuna y gloria, como decía el bueno de Indiana en el templo maldito. Así qué no os sorprendáis mucho si un día de estos decido acabar con todo esto y hacerme millonario, para variar y saber qué se siente. Por supuesto seguiré saludando a mis viejos amigos. A los de verdad, quiero decir, y a los que recuerde, porqué a menudo olvido a algunas personas, no por mala fe, sinó por mala memoria, o sea que si un día nos cruzamos en alguna fiesta chic y no os saludo ni nada, no me odiéis ni digáis "ahora que está podrido de pasta no saluda a los pobres". Habrá sido sin querer. Probablemente.


martes, 25 de febrero de 2014

Diario personal, martes, 25-2-2014: Reflexión sobre mis miedos.

Cuando era pequeño me atracaban todos los quinquis de Barcelona. Parece que yo para ellos era una especie de rótulo luminoso que decía: "robadme", aunque nunca me quitaron más de 300 pesetas, porqué yo por aquel entonces era muy pobre e inocente. Llegué a coger cierto miedo a salir a la calle solo, una de las razones por las cuales fui muy poco sociable de niño, al contrario que mi hermano, que se crió en el barrio entre gamberrillos, como una especie de Bart Simpson. De todos modos tengo algunas anécdotas curiosas sobre este tema. Por ejemplo, había en Badalona un atracador que hasta te devolvía el cambio. Es decir, te atracaba a punta de navaja por valor de 200 pesetas, y si llevabas un billete de mil, no había problema, te daba el cambio y te decía muchas gracias. O más recientemente, una banda de tres melenudos que me desmoralizó de por vida, porqué después de cogerme por el pescuezo y revisar mi cartera, (llevaba unos 8 euros), me la devolvieron intacta y me soltaron riéndose de mí llamándome algo parecido a "pobre miserable". .. (Sic),  o ya menos divertido, una noche, de madrugada, iba yo con un amigo por mi barrio con un póster gigantesco plastificado de Angelina Jolie en Tomb Raider que había conseguido en el cine, cuando un coche lleno de discípulos del Torete se paró a nuestro lado, bajaron dos de ellos y me obligaron a enseñarles lo que era. Querían que se lo diera pero no quise, y uno de dentro del coche insistía en que nos montásemos, que nos llevarían a dar una vueltecita. Por suerte al final vino alguien caminando y nos dejaron en paz...
O sea que supongo que debo admitir que los quillos callejeros son uno de mis miedos,  he pensado que el mundo necesitaba saberlo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Adopta a un machango. Un cuento de Mr. Jau.


I

Érase una vez, en un mundo friki y extraño, vivía una dulce jovencita llamada Adassa, (nombre guanche que significa "la que es de reír o sonreír"), que tenía su habitáculo en unas islas de nombre plumífero: las Canarias. 
Tan friki y extraño era ese mundo, que una chica tan adorable y encantadora como Adassa, tenía ciertas dificultades para encontrar a gente interesante que tuviera, por lo menos, la mitad de la mitad de su chispa personal. Por eso cuando un duendecillo le susurró al oído que debía inscribirse en un experimento virtual llamado "Adopta a un Machango", nuestra intrépida amiga no vaciló ni un segundo, buscó una de sus fotos más arrebatadoras y se lanzó a la ardua tarea de encontrar un "machango" con encanto que supiera hacer el pino, tocar el arpa de boca, dibujar cerdos voladores y escribir apasionados poemas de amor. En definitiva, todo lo que se le puede y debe exigir a un caballero, a un machote, a un hombre de verdad.
Y cuenta la leyenda, que una tarde de invierno, cuando ya la fe de Adassa empezaba a resquebrajarse, notó un tirón en el pecho, como si algo la hechizara. Se detuvo un momento a respirar y vislumbró entonces algo que parecía un huevo. Asombrada por el brillo purificador que éste extrañó fenómeno emitía, se percató de que lo que creyó que era un inmenso huevo duro, era en realidad el cabezón del sensual mr. Jau, una leyenda musical viviente que estaba pasando unos días de vacaciones en la web de "machangos" adoptables. Sin vacilar, aceptó la hechicera invitación del apuesto mancebo y abrió de par en par las ventanas de su habitación. Sabía que no tardaría en escuchar el grácil sonido del arpa de boca vietnamita de mr. Jau.

II

Tras días de deleitar sus oídos con las afinadas notas de mr. Jau, Adassa decidió que quizá ya lo había hecho sufrir bastante y que no sería mal momento para lanzarle una cuerda y dejarle entrar a sus aposentos... pero no encontró ninguna cuerda en toda la casa, así que decidió improvisar una con lo primero que encontró en la despensa; una larga ristra de salchichas, un chorizo de cantimpalo, un racimo de plátanos y un manojo de espárragos. Una vez todo atado y bien atado, Adassa logró confeccionar una cuerda de veinte metros de apetitosas delicias que servirían para que su entusiasta trovador ascendiera por la pared para poder derretirse ante sus joviales encantos. Si, es cierto, podía simplemente haberle abierto la puerta desde el interfono, pero entonces se habría cargado totalmente la magia trovadoresca del momento.
Y así fue como Mr. Jau recogió la extraña cuerda de comida y empezó a escalar la pared, a la vez que iba ingiriendo cada una de las piezas de comida que iba dejando atrás, volviéndose poco a poco más y más pesado. Cuando ya casi llegaba a agarrarse al balcón de Adassa, mr. Jau, convertido en una enorme bola de sebo, rompió la cuerda con su recién ganado peso ballenesco y se precipitó al vacío. Adassa gritó, presa del pánico, al ver a su aspirante a amante caer hacia el duro y frío arcén de la calle. ¿Sería posible que este fuera el final de su historia juntos?... ¿Tan hija de perra era la vida? Las lágrimas cubrían su rostro, y una de ellas alcanzó en su caída los labios del ahora esférico trovador, que la saboreó y esbozó una sonrisa, pensando que había válido la pena caer por poder probar el ambrosíaco sabor de la lágrima de Adassa.

III

Adassa estaba desolada. Su aspirante a amante se le había escabullido entre los dedos y estaba a punto de espachurrarse contra el suelo. ¿Quién apagaría ahora el fuego de la pasión que la consumía por dentro? ¿Tendría que volver a llamar a su ex novio militar retrasado aficionado a subir travestis a su coche? ¡No! ¡Eso jamás!... ¡qué etapa tan oscura en la vida de Adassa! Engañada por un prestidigitador de emociones que consiguió hacerle creer que era un chico sensible y romántico dispuesto a casarse por el rito zulú... ¡qué villano! ¡Qué sinvergüenza! Debería haberlo sospechado la primera vez que le pilló siendo sodomizado por Blanquito, el cabrito mascota del regimiento... entonces le dijo que no era lo que parecía, que sólo estaban jugando, pero quien de verdad jugaba con sus sentimientos era él, que mientras le decía que tenía que hacer guardias toda la noche, se iba a los descampados de las afueras del pueblo, donde malvivían las tribus de travestis salvajes, en busca de tórrido placer anal. ¿Cómo pudo estar tan ciega? Con razón con ella sólo funcionaba a medio gas... era obvio que no sentía atracción por las mujeres... ¡qué malo es reprimir los verdaderos instintos de un ser humano! El día que Adassa lo comprendió y decidió mandar a paseo a su ex, le besó tiernamente en la punta de la nariz y le dijo: 

-No te guardo rencor, Ataúlfo. Sigue el camino de baldosas amarillas que lleva a la salida del armario. Sé que en el fondo, muy en el fondo de tu esfínter, aún hay bondad en ti.

Y estando enfrascada Adassa en estos dolorosos recuerdos, de repente un objeto volante no identificado la devolvió a la realidad: ¡Era mr. Jau! ¡Había rebotado como una pelota de playa y ahora se encontraba en pleno ascenso a la estratosfera! ¡Había una segunda oportunidad de echarle el lazo a ese hermoso ejemplar de macho catalano! ¡Y no pensaba dejarla pasar!

IV

Era ahora o nunca. Si se detenía a pensar en ello, a la velocidad que ascendía el esférico mr. Jau, le perdería de vista para siempre. Adassa se agarró fuertemente a la cuerda y voló con él hacia el cielo, sin pensar que todo lo que sube tiene que bajar. A medida que se acercaban a la estratosfera, el cuerpo de mr Jau iba recuperando su musculosa forma habitual, empezando a aminorar la subida, poco a poco. Casi no les quedaba aire cuando la gravedad reclamó de vuelta sus cuerpos serranos. Segundo a segundo se precipitaban hacia tierra a velocidad absurda, y sin duda se habrían pulverizado contra el duro suelo si no fuera porqué en ese momento, Superporc, pasaba volando por allí.
-¡Ups! -gritó nuestro porcino héroe- ¡Menos mal que estaba de ronda! ¡Qué costumbres tan raras tenéis los humanos! 
Adassa y Jau, catatónicos de la emoción, apenas podían articular otra frase que no fuera: ga...ga...ga... 
Mientras el legendario cerdo maravilla se alejaba en el horizonte, Adassa miró a Mr. Jau, que temblaba como una adolescente ante Justin Bieber, y pensó: ¿es este realmente el hombre por el que casi pierdo la vida? ¿Es esto lo que quiero en mi futuro? ¿Voy a fundar con este tipejo mi futura granja de ranas amaestradas cantoras de Viena? ¡No y mil veces no! Un tipo que dependía de un cerdo volador para ponerla a salvo, no era suficiente para ella, no pensaba perder ni un segundo más en darle falsas esperanzas.

-Adassa... yo... -dijo Mr. Jau- ...sé que he actuado de forma demasiado impulsiva. Sé que he puesto en peligro nuestra futura relación y la vida de nuestros hijos nonatos. Bueno, nonatos y no hechos todavía. 
-¿Y bien? -Adassa arqueó una ceja, cual Vivien Leigh haciendo de Escarlata O'Hara en "Lo que el viento se llevó"-. ¿Es eso todo lo que piensas decir? 
-No, Adassa. Debo confesar algo más. Mientras te cortejaba, seguí apuntado en la web "Adopta a un machango", y otras mujeres requirieron de mis favores. He estado acostándome con ellas por dinero para pagarme mis clases de canto. 
-¡No! -gritó Adassa horrorizada- ¡lo sabía! ¡Lo sospeché desde el primer momento! ¡Eres un enfermo del ciber sexo! ¡Me pones los cuernos! ¡Esto es un infierno! ¡Quiero la separación!
-Pero pero... 
-¡Nada de peros! ¡Lo tuyo no tiene nombre! ¡Puto gigoló! (Valga la redundancia). Te creía virgen y puro, y no eres más que un súper cerdo como tu porcino amigo volador. 
-Todo lo hice por nosotros, Adassa...  Escúchame, compréndeme... ¿Es imposible nuestro amor? 
-¡Si! ¡Vete! ¡Olvídame y pega la vuelta!...

Consternado, Mr. Jau se marchó cabizbajo. ¿Habría entendido bien el mensaje que le estaba mandando Adassa? 
Unos meses después, trataría de averiguarlo.

V

El tiempo había curado en Adassa las cicatrices del desengaño. Se sentía plenamente realizada. Regaba las plantas del jardín de su casa y ya empezaba a criar sus primeras ranas amaestradas. Estaba radiante, más hermosa que nunca. Había tenido tiempo de meditar sobre su vida y había llegado a la conclusión de que no necesitaba a nadie a su lado para ser feliz. Sabía que en el momento menos pensado, cuando menos lo esperara, la persona adecuada aparecería. 
Aquel día estaba agotada después de enseñar a sus ranitas a cantar "Salta la rana" de Kiko Veneno y decidió sentarse un ratito a ver la televisión. Daban el tour de France. La forma ovoide de la cabeza del ciclista que iba en cabeza, (valga la redundancia, volvió a pensar Adassa), le recordaba a alguien... ¡No podía ser cierto! ¡Era el puto Mr. Jau! ¿Qué demonios hacia vestido con ese obsceno mallot ajustado que caracteriza a los ciclistas? ¿Desde cuándo Mr. Jau, el poeta, era también deportista? ¿Y cómo podía ser que no pudiese dejar de contemplar todos y cada uno de sus gráciles movimientos al pedalear? Ese culito prieto balanceándose de izquierda a derecha rítmicamente al son de una clásica melodía de Jean Michel Jarre... Estaba anonadada. Pasó toda la tarde viendo el tour hasta ser testigo emocionada de la victoria final de Mr, Jau, que estaba abriendo una botella de cava catalano de la cebolla y rociando con ella a sus admiradoras. Cuando la prensa se acercó al campeón, Mr. Jau solamente dijo:

-Esta victoria es para mi gran amiga Adassa, a quien se lo debo todo. Un día pude ser el hombre de su vida pero no supe merecerme su compañía. Después de meses de sufrir en silencio su ausencia, decidí seguir su consejo y pegar la vuelta. Y no sólo la he pegado, también la he ganado. Me llena de orgullo, satisfacción y gustirrinín dedicarle esta copa, y decirle que siempre la tendré en un pedestal, junto a la foto de mi mamá, mi gata, mi hermano, mi cuñada, y mi profesor de historia, Isidro Membrillo Moreno, al que también tanto le debo. 

Las lágrimas bajaban como ríos por las mejillas de Adassa. ¿Cómo pudo ser tan injusta? Ahora lo veía claro... quizá Jau no fuera el hombre de su vida, pero sin duda podía haber sido un gran amigo. ¿Porqué le dejó partir? ¿Porqué se dejo dominar por los prejuicios de esta sociedad retrógrada cansina y hastiada que sólo entiende el amor bajo capas y capas de hipocondriaca hipocresía? ¡Basta ya! ¡Basta ya! Inmediatamente salió hacia el aeropuerto, pero antes de poder siquiera subir a su 4x4, Superporc, siempre muy oportuno, bajó del cielo y la llevó consigo por los cielos hasta llegar al lado de Mr. Jau.

-¡Amigo mío! -gritó Adassa, realmente emocionada de ver a Jau-.
-¡Amiga mía! -exclamó emocionado el nuevo Mr. Jau vestido con ajustado mallot amarillo-.
Y se fundieron en un abrazo eterno, mientras sonaba una canción cursi en francés. 
-A Dios pongo por testigo (De Jehová, valga la redundancia, volvió a pensar Adassa), de que nunca más nada ni nadie romperá esta amistad que ahora nace.

Y así fue. Nunca más Adassa y Jau dejaron que la lujuria, el resentimiento, el orgullo o sus egos se entrometiera entre su amistad y ellos. Habían aprendido una lección: era posible la amistad entre hombres y mujeres extraordinariamente sexys. 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, porqué el escritor ya no más de si. Ha echado los restos, ya sólo le queda publicarlo y beber las mieles del éxito.
Daos las gracias a vosotros mismos por leerlo, e intentad auto-abrazaros y haceros un sensual masaje está noche, porqué hoy si, amigos, hoy si...
¡Os lo merecéis!

The end.