viernes, 11 de abril de 2014

Quiero ser millonario


En estos tiempos en que he estado yendo y volviendo entre dimensiones paralelas, he pasado por diversas etapas que nos os he contado, como que participé como actor en un anuncio de TV de detergente Tide, para EEUU, que ha sido un soplo de aire fresco después de tantas tribulaciones. Tribulaciones que, como todo, me han servido para reflexionar sobre una cosa que de hecho ya tenía de sobras aprendida: no me gusta ser pobre. Aunque no me malinterpreteis, tampoco me entusiasma en demasía el dinero. Normalmente me conformo con tener lo justo para sobrevivir y permitirme algún caprichito de vez en cuando. Lo que hacemos en general toda la masa de ciudadanos de tercera o cuarta clase que ya no somos clase media, somos clase medianía. Y vamos, que me he hartado. Ya no quiero ser más tiempo un Miserable, no me gustan los dramas y no los escribo tan bien como Victor Hugo, lo mío es más la comedia. No es que tampoco quiera convertirme en miembro de la clase dominante o de la clase política, Dios me guarde, pero ya toca empezar a acumular fortuna y gloria, como decía el bueno de Indiana en el templo maldito. Así qué no os sorprendáis mucho si un día de estos decido acabar con todo esto y hacerme millonario, para variar y saber qué se siente. Por supuesto seguiré saludando a mis viejos amigos. A los de verdad, quiero decir, y a los que recuerde, porqué a menudo olvido a algunas personas, no por mala fe, sinó por mala memoria, o sea que si un día nos cruzamos en alguna fiesta chic y no os saludo ni nada, no me odiéis ni digáis "ahora que está podrido de pasta no saluda a los pobres". Habrá sido sin querer. Probablemente.


martes, 25 de febrero de 2014

Diario personal, martes, 25-2-2014: Reflexión sobre mis miedos.

Cuando era pequeño me atracaban todos los quinquis de Barcelona. Parece que yo para ellos era una especie de rótulo luminoso que decía: "robadme", aunque nunca me quitaron más de 300 pesetas, porqué yo por aquel entonces era muy pobre e inocente. Llegué a coger cierto miedo a salir a la calle solo, una de las razones por las cuales fui muy poco sociable de niño, al contrario que mi hermano, que se crió en el barrio entre gamberrillos, como una especie de Bart Simpson. De todos modos tengo algunas anécdotas curiosas sobre este tema. Por ejemplo, había en Badalona un atracador que hasta te devolvía el cambio. Es decir, te atracaba a punta de navaja por valor de 200 pesetas, y si llevabas un billete de mil, no había problema, te daba el cambio y te decía muchas gracias. O más recientemente, una banda de tres melenudos que me desmoralizó de por vida, porqué después de cogerme por el pescuezo y revisar mi cartera, (llevaba unos 8 euros), me la devolvieron intacta y me soltaron riéndose de mí llamándome algo parecido a "pobre miserable". .. (Sic),  o ya menos divertido, una noche, de madrugada, iba yo con un amigo por mi barrio con un póster gigantesco plastificado de Angelina Jolie en Tomb Raider que había conseguido en el cine, cuando un coche lleno de discípulos del Torete se paró a nuestro lado, bajaron dos de ellos y me obligaron a enseñarles lo que era. Querían que se lo diera pero no quise, y uno de dentro del coche insistía en que nos montásemos, que nos llevarían a dar una vueltecita. Por suerte al final vino alguien caminando y nos dejaron en paz...
O sea que supongo que debo admitir que los quillos callejeros son uno de mis miedos,  he pensado que el mundo necesitaba saberlo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Adopta a un machango. Un cuento de Mr. Jau.


I

Érase una vez, en un mundo friki y extraño, vivía una dulce jovencita llamada Adassa, (nombre guanche que significa "la que es de reír o sonreír"), que tenía su habitáculo en unas islas de nombre plumífero: las Canarias. 
Tan friki y extraño era ese mundo, que una chica tan adorable y encantadora como Adassa, tenía ciertas dificultades para encontrar a gente interesante que tuviera, por lo menos, la mitad de la mitad de su chispa personal. Por eso cuando un duendecillo le susurró al oído que debía inscribirse en un experimento virtual llamado "Adopta a un Machango", nuestra intrépida amiga no vaciló ni un segundo, buscó una de sus fotos más arrebatadoras y se lanzó a la ardua tarea de encontrar un "machango" con encanto que supiera hacer el pino, tocar el arpa de boca, dibujar cerdos voladores y escribir apasionados poemas de amor. En definitiva, todo lo que se le puede y debe exigir a un caballero, a un machote, a un hombre de verdad.
Y cuenta la leyenda, que una tarde de invierno, cuando ya la fe de Adassa empezaba a resquebrajarse, notó un tirón en el pecho, como si algo la hechizara. Se detuvo un momento a respirar y vislumbró entonces algo que parecía un huevo. Asombrada por el brillo purificador que éste extrañó fenómeno emitía, se percató de que lo que creyó que era un inmenso huevo duro, era en realidad el cabezón del sensual mr. Jau, una leyenda musical viviente que estaba pasando unos días de vacaciones en la web de "machangos" adoptables. Sin vacilar, aceptó la hechicera invitación del apuesto mancebo y abrió de par en par las ventanas de su habitación. Sabía que no tardaría en escuchar el grácil sonido del arpa de boca vietnamita de mr. Jau.

II

Tras días de deleitar sus oídos con las afinadas notas de mr. Jau, Adassa decidió que quizá ya lo había hecho sufrir bastante y que no sería mal momento para lanzarle una cuerda y dejarle entrar a sus aposentos... pero no encontró ninguna cuerda en toda la casa, así que decidió improvisar una con lo primero que encontró en la despensa; una larga ristra de salchichas, un chorizo de cantimpalo, un racimo de plátanos y un manojo de espárragos. Una vez todo atado y bien atado, Adassa logró confeccionar una cuerda de veinte metros de apetitosas delicias que servirían para que su entusiasta trovador ascendiera por la pared para poder derretirse ante sus joviales encantos. Si, es cierto, podía simplemente haberle abierto la puerta desde el interfono, pero entonces se habría cargado totalmente la magia trovadoresca del momento.
Y así fue como Mr. Jau recogió la extraña cuerda de comida y empezó a escalar la pared, a la vez que iba ingiriendo cada una de las piezas de comida que iba dejando atrás, volviéndose poco a poco más y más pesado. Cuando ya casi llegaba a agarrarse al balcón de Adassa, mr. Jau, convertido en una enorme bola de sebo, rompió la cuerda con su recién ganado peso ballenesco y se precipitó al vacío. Adassa gritó, presa del pánico, al ver a su aspirante a amante caer hacia el duro y frío arcén de la calle. ¿Sería posible que este fuera el final de su historia juntos?... ¿Tan hija de perra era la vida? Las lágrimas cubrían su rostro, y una de ellas alcanzó en su caída los labios del ahora esférico trovador, que la saboreó y esbozó una sonrisa, pensando que había válido la pena caer por poder probar el ambrosíaco sabor de la lágrima de Adassa.

III

Adassa estaba desolada. Su aspirante a amante se le había escabullido entre los dedos y estaba a punto de espachurrarse contra el suelo. ¿Quién apagaría ahora el fuego de la pasión que la consumía por dentro? ¿Tendría que volver a llamar a su ex novio militar retrasado aficionado a subir travestis a su coche? ¡No! ¡Eso jamás!... ¡qué etapa tan oscura en la vida de Adassa! Engañada por un prestidigitador de emociones que consiguió hacerle creer que era un chico sensible y romántico dispuesto a casarse por el rito zulú... ¡qué villano! ¡Qué sinvergüenza! Debería haberlo sospechado la primera vez que le pilló siendo sodomizado por Blanquito, el cabrito mascota del regimiento... entonces le dijo que no era lo que parecía, que sólo estaban jugando, pero quien de verdad jugaba con sus sentimientos era él, que mientras le decía que tenía que hacer guardias toda la noche, se iba a los descampados de las afueras del pueblo, donde malvivían las tribus de travestis salvajes, en busca de tórrido placer anal. ¿Cómo pudo estar tan ciega? Con razón con ella sólo funcionaba a medio gas... era obvio que no sentía atracción por las mujeres... ¡qué malo es reprimir los verdaderos instintos de un ser humano! El día que Adassa lo comprendió y decidió mandar a paseo a su ex, le besó tiernamente en la punta de la nariz y le dijo: 

-No te guardo rencor, Ataúlfo. Sigue el camino de baldosas amarillas que lleva a la salida del armario. Sé que en el fondo, muy en el fondo de tu esfínter, aún hay bondad en ti.

Y estando enfrascada Adassa en estos dolorosos recuerdos, de repente un objeto volante no identificado la devolvió a la realidad: ¡Era mr. Jau! ¡Había rebotado como una pelota de playa y ahora se encontraba en pleno ascenso a la estratosfera! ¡Había una segunda oportunidad de echarle el lazo a ese hermoso ejemplar de macho catalano! ¡Y no pensaba dejarla pasar!

IV

Era ahora o nunca. Si se detenía a pensar en ello, a la velocidad que ascendía el esférico mr. Jau, le perdería de vista para siempre. Adassa se agarró fuertemente a la cuerda y voló con él hacia el cielo, sin pensar que todo lo que sube tiene que bajar. A medida que se acercaban a la estratosfera, el cuerpo de mr Jau iba recuperando su musculosa forma habitual, empezando a aminorar la subida, poco a poco. Casi no les quedaba aire cuando la gravedad reclamó de vuelta sus cuerpos serranos. Segundo a segundo se precipitaban hacia tierra a velocidad absurda, y sin duda se habrían pulverizado contra el duro suelo si no fuera porqué en ese momento, Superporc, pasaba volando por allí.
-¡Ups! -gritó nuestro porcino héroe- ¡Menos mal que estaba de ronda! ¡Qué costumbres tan raras tenéis los humanos! 
Adassa y Jau, catatónicos de la emoción, apenas podían articular otra frase que no fuera: ga...ga...ga... 
Mientras el legendario cerdo maravilla se alejaba en el horizonte, Adassa miró a Mr. Jau, que temblaba como una adolescente ante Justin Bieber, y pensó: ¿es este realmente el hombre por el que casi pierdo la vida? ¿Es esto lo que quiero en mi futuro? ¿Voy a fundar con este tipejo mi futura granja de ranas amaestradas cantoras de Viena? ¡No y mil veces no! Un tipo que dependía de un cerdo volador para ponerla a salvo, no era suficiente para ella, no pensaba perder ni un segundo más en darle falsas esperanzas.

-Adassa... yo... -dijo Mr. Jau- ...sé que he actuado de forma demasiado impulsiva. Sé que he puesto en peligro nuestra futura relación y la vida de nuestros hijos nonatos. Bueno, nonatos y no hechos todavía. 
-¿Y bien? -Adassa arqueó una ceja, cual Vivien Leigh haciendo de Escarlata O'Hara en "Lo que el viento se llevó"-. ¿Es eso todo lo que piensas decir? 
-No, Adassa. Debo confesar algo más. Mientras te cortejaba, seguí apuntado en la web "Adopta a un machango", y otras mujeres requirieron de mis favores. He estado acostándome con ellas por dinero para pagarme mis clases de canto. 
-¡No! -gritó Adassa horrorizada- ¡lo sabía! ¡Lo sospeché desde el primer momento! ¡Eres un enfermo del ciber sexo! ¡Me pones los cuernos! ¡Esto es un infierno! ¡Quiero la separación!
-Pero pero... 
-¡Nada de peros! ¡Lo tuyo no tiene nombre! ¡Puto gigoló! (Valga la redundancia). Te creía virgen y puro, y no eres más que un súper cerdo como tu porcino amigo volador. 
-Todo lo hice por nosotros, Adassa...  Escúchame, compréndeme... ¿Es imposible nuestro amor? 
-¡Si! ¡Vete! ¡Olvídame y pega la vuelta!...

Consternado, Mr. Jau se marchó cabizbajo. ¿Habría entendido bien el mensaje que le estaba mandando Adassa? 
Unos meses después, trataría de averiguarlo.

V

El tiempo había curado en Adassa las cicatrices del desengaño. Se sentía plenamente realizada. Regaba las plantas del jardín de su casa y ya empezaba a criar sus primeras ranas amaestradas. Estaba radiante, más hermosa que nunca. Había tenido tiempo de meditar sobre su vida y había llegado a la conclusión de que no necesitaba a nadie a su lado para ser feliz. Sabía que en el momento menos pensado, cuando menos lo esperara, la persona adecuada aparecería. 
Aquel día estaba agotada después de enseñar a sus ranitas a cantar "Salta la rana" de Kiko Veneno y decidió sentarse un ratito a ver la televisión. Daban el tour de France. La forma ovoide de la cabeza del ciclista que iba en cabeza, (valga la redundancia, volvió a pensar Adassa), le recordaba a alguien... ¡No podía ser cierto! ¡Era el puto Mr. Jau! ¿Qué demonios hacia vestido con ese obsceno mallot ajustado que caracteriza a los ciclistas? ¿Desde cuándo Mr. Jau, el poeta, era también deportista? ¿Y cómo podía ser que no pudiese dejar de contemplar todos y cada uno de sus gráciles movimientos al pedalear? Ese culito prieto balanceándose de izquierda a derecha rítmicamente al son de una clásica melodía de Jean Michel Jarre... Estaba anonadada. Pasó toda la tarde viendo el tour hasta ser testigo emocionada de la victoria final de Mr, Jau, que estaba abriendo una botella de cava catalano de la cebolla y rociando con ella a sus admiradoras. Cuando la prensa se acercó al campeón, Mr. Jau solamente dijo:

-Esta victoria es para mi gran amiga Adassa, a quien se lo debo todo. Un día pude ser el hombre de su vida pero no supe merecerme su compañía. Después de meses de sufrir en silencio su ausencia, decidí seguir su consejo y pegar la vuelta. Y no sólo la he pegado, también la he ganado. Me llena de orgullo, satisfacción y gustirrinín dedicarle esta copa, y decirle que siempre la tendré en un pedestal, junto a la foto de mi mamá, mi gata, mi hermano, mi cuñada, y mi profesor de historia, Isidro Membrillo Moreno, al que también tanto le debo. 

Las lágrimas bajaban como ríos por las mejillas de Adassa. ¿Cómo pudo ser tan injusta? Ahora lo veía claro... quizá Jau no fuera el hombre de su vida, pero sin duda podía haber sido un gran amigo. ¿Porqué le dejó partir? ¿Porqué se dejo dominar por los prejuicios de esta sociedad retrógrada cansina y hastiada que sólo entiende el amor bajo capas y capas de hipocondriaca hipocresía? ¡Basta ya! ¡Basta ya! Inmediatamente salió hacia el aeropuerto, pero antes de poder siquiera subir a su 4x4, Superporc, siempre muy oportuno, bajó del cielo y la llevó consigo por los cielos hasta llegar al lado de Mr. Jau.

-¡Amigo mío! -gritó Adassa, realmente emocionada de ver a Jau-.
-¡Amiga mía! -exclamó emocionado el nuevo Mr. Jau vestido con ajustado mallot amarillo-.
Y se fundieron en un abrazo eterno, mientras sonaba una canción cursi en francés. 
-A Dios pongo por testigo (De Jehová, valga la redundancia, volvió a pensar Adassa), de que nunca más nada ni nadie romperá esta amistad que ahora nace.

Y así fue. Nunca más Adassa y Jau dejaron que la lujuria, el resentimiento, el orgullo o sus egos se entrometiera entre su amistad y ellos. Habían aprendido una lección: era posible la amistad entre hombres y mujeres extraordinariamente sexys. 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, porqué el escritor ya no más de si. Ha echado los restos, ya sólo le queda publicarlo y beber las mieles del éxito.
Daos las gracias a vosotros mismos por leerlo, e intentad auto-abrazaros y haceros un sensual masaje está noche, porqué hoy si, amigos, hoy si...
¡Os lo merecéis!

The end.